Este texto se utilizó como base para la presentación de Barrionalismo (Decordel, 2018) de Luis de la Cruz el pasado viernes 26 de septiembre. El acto se desarrolló en la Casa de la Cultura y la Participación ciudadana de Chamberí, un espacio muy apropiado para hablar del contenido del libro, pues es un lugar donde germinan las relaciones de barrio de las que, entre otras cosas, habla Barrionalismo. Antes de la intervención del autor hablaron Gonzalo Wilhelmi, presidente del AMPA del Colegio Público San Cristobal (que auspiciaba el acto) y autor de diferentes libros sobre la izquierda radical, y también Isabel Tejero, miembro del Grupo de Vivienda de Tetuán.

Lo primero que me corresponde hacer es explicar el título del libro, Barrionalismo, y lo segundo que el texto no habla (solo) de barrionalimos. Se trata este de un término que surge de forma popular en oposición a la denominación nacionalismo, no tanto por enfrentársele en un sentido político como para servir de reflejo, reivindicando los ámbitos más inmediatos frente a la comunidad imaginada, en términos de Benedict Anderson. La comunidad real. En algunas ocasiones, también por contaminación del término nacionalismo, barrionalismo es dicho para denotar ensimismamiento en el lugar de uno. En realidad, este libro está compuesto por mini ensayos sobre temas urbanos escritos en los últimos años, sólo el primero trata estrictamente de barrionalismo pero el resto de ellos tratan de tener lo que podríamos llamar una mirada barrionalista: desde abajo, desde lo cercano y desde lo colectivo. Además, el barrio es aludido constantemente como ámbito.

Por lo tanto, si alguien espera un estudio sistemático sobre los barrios mejor que no lo compre. En cambio, creo que puede interesar a quienes les apetezca acompañarme de paseo, que es lo que da origen a la mayoría de los textos, y fijarse en la ciudad desde la perspectiva que he referido. También puede interesar más a quienes les entretiene la Historia, porque la utilizo constantemente para ejemplificar. Algunos temas que he tratado en él son la memoria popular de la ciudad y los barrios, la creciente perspectiva securitaria de la ciudad o las experiencias colectivas de resistencia.

El libro es conscientemente entusiasta. En él advierto ocasionalmente de los límites que puede tener la asociación en el barrio (el quedarse siempre ahí o las dinámicas opresivas de los grupos cerrados) pero yo he preferido hablar de sus potencialidades. Ya en los 70 Lefevbre criticó lo que llamaba Ideología de barrio por considerarlo algo sentimental, basado en lo descriptivo y poco científico. Estoy de acuerdo y es exactamente lo que he querido hacer aquí, centrar la vista en el barrio desde una perspectiva personal, a sabiendas de sus límites, porque me sigue pareciendo un buen sitio para reagruparse ante la tormenta de individualismo neoliberal. También la filósofa Marina Garcés advertía recientemente en Ciudad Princesa sobre lo vaciados que están los barrios de barrialidad y sobre el contexto global en el que nos encontramos como límites del barrio.

Sin embargo, durante la última crisis económica, y a pesar de que el individualismo y el descrédito de los lazos cooperativos sellan los poros de toda la sociedad, hemos conocido numerosos ejemplos de solidaridad desde las redes locales que vienen a desmentir la idea de que el barrio esté superado como unidad social. Lo cierto es que los grupos de vivienda, por poner el ejemplo más claro de sindicalismo social de última hornada, han desempeñado su actividad en el barrio y se han federado en la ciudad. Lo que me llama la atención es que no se trata de una opción política sino, como siempre fue históricamente en todos los barrios que tuvieron una articulación política importante, un imperativo de sus precarias condiciones materiales. Las personas en una situación de mayor vulnerabilidad necesitan más de las redes de apoyo de los suyos (familiares, personas de sus países de origen, grupos de afinidad…). Las fiestas de los grupos de vivienda suelen recaudar dinero con que pagar el transporte público a sus miembros para ir a acciones fuera del barrio, lo que da la medida de hasta qué punto agruparse en el territorio cercano puede no ser una elección.

Más allá de haberos caracterizado lo que es el barrionalismo, y atendiendo a la diversidad de contenidos del libro comentada, se me ocurrió que una forma coherente de presentároslo en este marco era utilizar el cole como hilo conductor de algunos de sus contenidos. En Barrionalismo hay un capítulo breve –es de mis favoritos– que habla sobre el miedo y la seguridad en la ciudad a través de dos parques infantiles de zonas socioeconómicas diferentes. La idea es extender este espíritu a otros contenidos del libro, a ver qué tal sale el invento.

El patio del cole es la calle y es el espacio público

Seguramente si digo esto muchos habréis pensado en la diferenciación que hace de ambos conceptos el antropólogo Manuel Delgado. Siguiéndole, en Barrionalismo me acojo a esa idea de espacio urbano como planificación y calle como producción social desde debajo de los espacios, hablando otra vez en términos de Lefebvre. Él suele decir que su madre “nunca le mandó jugar al espacio urbano sino a la puta calle” para hacerse entender.

En este sentido, la ciudad es el resultado de esa negociación informal entre reglas y hacer y lo mismo sucede con el patio de recreo. La calle, en este sentido lefebvriano, se caracteriza por una gran densidad de interacciones humanas, que se basan en el conflicto y la negociación y que acaban por constituir una institución social de facto (en el sentido de conjunto de reglas no escritas que rigen el funcionamiento de una comunidad). En el recreo hay un profesor que vigila y aplica unas normas y unos alumnos que, a veces, sortean su vigilancia y aplican “las normas del patio”. En el patio se producen conflictos por el espacio atravesados por las mismas dinámicas que se dan en la calle, como por ejemplo la “conquista” del 80% del patio a balonazos por parte de los chicos, y se producen, también, soluciones de consenso desintermediadas entre los niños.

El cole es el barrio

Esa vida densa en las calles es la que propicia la vida de barrio, dado que la vecindad se construye desde la cotidianidad. Es precisamente por esto por lo que los nuevos PAUs son antídotos contra la vida de barrio, porque sus calles son enormes avenidas, vacías de comercio o plazas; y lo mismo sucede con los centros urbanos tematizados y mercantilizados, que vaciados de vecinos, producen aglomeraciones humanas que no tienen acceso a la cotidianidad necesaria para sedimentar relaciones colectivas. Sin vecinos no hay vecindad posible.

En Barrionalismo pongo algunos ejemplos de cómo la fiesta y el conflicto han sido históricamente elementos constitutivos de cohesión. Hablo de motines populares en Cuatro Caminos en 1901 que se parecen increíblemente a las algaradas raciales de Haz lo que debas (Spike Lee) en el Brooklyn pre-gentrificado de los ochenta. Hablo también de como la constitución de fiestas populares autogestionadas (en Malasaña, Vallecas o el Barrio del Pilar) ha servido para articular el tejido asociativo del barrio más allá de las jornadas festivas. Esto, en realidad, es algo que sucede también en los colegios: tanto las precarias fiestas del AMPA como las batallas libradas –las últimas de la Marea Verde– han servido de articuladores del tejido social de la comunidad educativa.

El barrio es también –para bien y para mal– una fuente de identidad y esto es algo que se ve muy bien en su reflejo del cole. ¿Cuántos de nosotros no hemos recordado usos comunes y aspectos míticos de nuestro colegio en los grupos de Facebook décadas después? Esta identidad se construye inevitablemente un poco hacia afuera pero también con un sentido de proximidad. Así, existirá una cierta rivalidad con el cole de al lado, pero también un cierto nexo, como si del barrio contiguo –casi tu barrio– se tratara.

Por último, además de ser calle y barrio, el colegio es también un nudo de barrialidad muy importante hoy en día. En unos barrios surcados por el individualismo y en una ciudad que crecientemente nos niega los espacios de contacto, la puerta de entrada y salida del colegio es un punto de encuentro de vecinos, como lo es la plaza después del colegio o –esto seguro que es impopular– el grupo de WhatsApp de padres y madres. El colegio obliga a parar un momento en el ir venir diario y fomenta esas interacciones cotidianas que forjan la vida de barrio. Estas relaciones, en ocasiones, cristalizan en instituciones semi formales y horizontales, como el antiguo sindicato de los barrios populares o la asociación vecinal (hablo de las AMPAs, permitidme forzar el símil), canalizan acciones políticas (como la Marea Verde o los encierros en colegios por la defensa de la enseñanza pública) y llevan a cabo pequeñas acciones de sindicalismo social (como los bancos de alimentos o los roperos autogestionados).

Las excursiones escolares y la desmemoria popular

Esta misma semana pasaba por el Museo de Historia de Madrid, en la calle de Fuencarral, y veía a un montón de niños a sus puertas. Una típica excursión del cole. Lo que esos niños vieron ese día no fue la historia de los madrileños sino, sobre todo, de las élites españolas en Madrid. Su colección se compone de retratos reales, maquetas de palacios, objetos de las reales fábricas y, sólo en la planta del XIX, se pueden encontrar aspectos relativos a la sociedad de masas y su consumo (como entradas o carteles de espectáculos) y alguna foto arrinconada de un barrio del extrarradio.

A menos que haya cambiado desde la última vez que lo visité, el visitante no sabrá que el edificio que lo alberga es el antiguo Hospicio de Madrid, espacio particularmente significativo para las clases populares, pues tras sus muros crecieron miles de críos (no solo huérfanos, eran muchas las personas que se veían abocadas a dejar allí a sus hijos o que sufrieron reclusión). En aquel complejo, que dio nombre a todo un distrito, se emprendió después del motín contra Esquilache (1766) una terrible ola de represión popular. Entre otras medidas, se dispuso que los pobres debían presentarse voluntariamente en el hospicio. Muchos fueron expulsados de la ciudad, encarcelados, abocados a trabajos forzados (como aplanar los terrenos del Paseo del Prado) o ahorcados.

En el libro pongo otros ejemplos de cultura material de la clase trabajadora despreciada y destruida. Escribo sobre vivienda popular o fielatos desaparecidos, pero podríamos hablar de patrimonio industrial, cuya lucha vecinal tiene tradición reciente aquí por la batalla librada por la supervivencia de las cocheras de Cuatro Caminos.

En mi opinión, la destrucción y exclusión de la historia oficial de la cultura material obrera forma parte de la producción simbólica de la hegemonía cultural de las élites y de la desposesión de las genealogías populares que dan sentido al sentido de trayectoria de las clases trabajadoras y ayudan al avance de su disolución en la idea de una clase media universal. Antes todos éramos capaces de, caminando por un barrio trabajador o popular, diferenciarlo sensitivamente, ¿podríamos decir lo mismo de los barrios nuevos como el PAU de Vallecas?, ¿no son esencialmente idénticos en apariencia externa que los PAUs del norte de la capital, con precios mucho más elevados?

El colegio en el centro de la ideología clasemedianista

Esta misma semana un informe de la OCDE alertaba, ¡sorpresa! De que la escuela no es capaz en España de corregir las diferencias de clase. Según el mismo informe la mitad de los estudiantes españoles de clases pobres se concentra en escuelas de condiciones depauperadas, como por otro lado también sucede en el resto de países analizados.

Sin embargo, según una encuesta del CIS de 2014 el 74% de los españoles se definía a sí mismo como de clase media. Esto quiere decir que hay gente a la que la OCDE considera de clase baja mientras que ellos mismos se consideran de clase media. La distinción que pretenden marcar quienes se consideran aspiracionalmente de clase media y, en absoluto clase trabajadora, viene en España claramente vehiculizada por la existencia de una escuela concertada.

Me sumo al término clasemedianismo, que se viene utilizando últimamente para hablar de la extensión de una idea de autopercepción como tal por gran parte de la sociedad. La idea que defiendo respecto a la ciudad es la siguiente. Los planes de ensanche de los siglos XIX y XX se hicieron con un ojo puesto en las revoluciones liberales y populares del XIX, segregando la ciudad en su crecimiento y borrando los centros relativamente interclasistas en cuyas callecitas se habían levantado sus barricadas. Una de las consecuencias no esperadas fue la toma de conciencia de clase a través de la homogeneidad social de estos barrios y la toma de conciencia común de sus circunstancias. En la primera mitad del siglo XX supuso el impulso de las instituciones de clase, pero volvió a suceder en sucesivos crecimientos segregados de la ciudad, como las periferias industriales a partir de los setenta, en las que germina el movimiento vecinal. Uno de los antídotos sistémicos para evitar esto ha sido, precisamente, la extensión de la idea universal de clase media y la construcción de una ciudad adecuada a ella, en mi opinión.

En el libro trato de desarrollar una breve genealogía de la clase media en España, que iniciaría en el Franquismo y su pulsión desarrollista por convertirnos a todos en propietarios. La premisa: la propiedad desconflictiviza. A mediados de los 50 solo el treinta y pico por ciento de los españoles tenía su vivienda en propiedad, en 1975 el 68% y hacia 2013 estábamos ya en un 83%. El recorrido de la idea de clase media continuaría en la transición y se desarrollaría con los gobiernos del PSOE. El centro político y la clase media se convertirían en el mantra de los políticos de todo el arco parlamentario, hasta el punto de que se generalizó el mensaje de que las grandes perjudicadas de la última crisis fueron las personas de clase media, cuando es obvio que las peor paradas han sido las clases bajas. Valga como ejemplo: un 55% de los inmigrantes extracomunitarios se encuentran en riesgo de pobreza.

Ligado al punto anterior, el de la destrucción de la memoria material, que quedamos era instrumental a esta creación de la ideología clasemedianista, opera la paradoja tan afín a la clase media según la cual en las calles más vaciadas de conflicto que nunca hubo (por la vía, entre otras, de vaciarlas de tránsito y espacios para el contacto fuera de la comunidad cerrada en los nuevos barrios) crece la pulsión securitaria, conectada a los pánicos morales ante los excluidos de esa idea de hombre universal de clase media: el migrante, el pobre, el okupa, el diferente…

En muchos colegios públicos, mientras, se vive la ficción de la igualdad de oportunidades haciéndonos los ciegos, por ejemplo, ante las evidencias de que el modelo bilingüe está ayudando a que se profundice la segregación por clases también dentro del mundo escolar. Aunque las estadísticas sean locuaces, saber inglés es muy de clase media.

La gentrificación mirada desde el cole

Mi hija mayor tiene ocho años de edad y mi hijo pequeño cuatro. Van al mismo colegio público en Chamberí y, sin embargo, en la clase de mi hija hay una proporción de niños y niñas de familias de origen migrante sensiblemente superior a la del pequeño.

Nosotros vivimos en Cuatro Caminos –mi pareja trabajaba aquí al lado– y en el transcurso de estos cuatro años hemos visto incrementarse el número de amiguitos que viven en nuestro barrio y no en el del colegio. No pocos de ellos antes vivían en Chamberí y la subida de los alquileres los empujó un poco más al norte. Tampoco son anecdóticos los casos de amigas y amigos de mi hija que han tenido que volverse al país de origen de sus padres o los que, una vez finalizado su contrato de alquiler, no han encontrado tampoco ya vivienda asequible en Tetuán. Según el portal Fotocasa la vivienda en Chamberí tuvo una subida interanual de un 19,9% en la primera mitad de 2018.

En el capítulo sobre gentrificación de Barrionalismo adopto un enfoque que empieza a no ser ya minoritario, de lo que me alegro. Lo que vengo sosteniendo hace tiempo es que el fenómeno llamado gentrificación –sustitución de la población de un barrio por otra de mayor nivel adquisitivo– se produce no sólo en los centros urbanos y no sólo por los patrones de consumo de los vecinos (caracterizados una y otra vez como hípsters en reportajes durante años). Para ello hago una breve historia de mi barrio, Tetuán, que repasa las sucesivas oleadas de intento de expulsión vecinal durante la segunda mitad del siglo XX, con planes urbanísticos que, en algunos casos, han querido tirar abajo todo el barrio. Insisto en que la deriva de la ciudad es hacia la segregación desde el XIX, con el Plan Castro y a través de las sucesivas oleadas de creaciones de periferias.

Los barrios de subida más acusada en Madrid en marzo de 2018 (según la consultora urbanData Analytics) eran Delicias, Berruguete y Puente de Vallecas, todos de marcado cariz trabajador. Hablamos de subidas anuales de hasta un 37%.

Esta es una de las razones por las que nos hemos dado cuenta de que no sólo se expulsaba a los vecinos del centro: la reciente burbuja de los alquileres. Sin embargo, cuesta entender que no se haya atendido durante los años anteriores a una realidad durísima de expulsión vecinal a través de los desahucios en los barrios populares, en absoluto desligadas con lo que llamamos gentrificación. Entre los años 2001 y 2016 se han producido en España 1,7 millones de desahucios, 390 al día, 38 diarios en la Comunidad de Madrid. En un 9% de los hogares de Tetuán, por seguir por la mirada desde mi barrio. Con estos números, la desmedida atención hacia los patrones culturales y de consumo al tratar la expulsión vecinal re­sulta obscena.

Algunos de los barrios donde más estaba subiendo el alquiler en Madrid son aquellos populares cercanos al centro. En ellos, la subida se está produciendo solapándose dos de las fases típicas de la gentrificación que habitualmente eran consecutivas: la desinversión y la inversión. Sin que medie un periodo de tiempo entra ambas fases, las farolas de los barrios de Puente de Vallecas o Tetuán se están llenando de anuncios que ofrecen comprar cualquier piso, y esto sucede a la vez que los noticiarios se llenan de noticias sensacionalistas sobre crímenes en sus calles y el partido político Ciudadanos hace central en su programa el discurso securitario.

Como resultado de este proceso, la clase de mis hijos es cada vez más blanca y menos diversa, como sucede también con mi barrio.

Luis de la Cruz es historiador, bibliotecario y vecino de Tetuán

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